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ancora in tempo per Pensare...
DIARI
3 maggio 2012
Una jaula de sonrisas

No podía ser tan complicado. Un paso, un metro. Incluso podría cerrar los ojos. Tal vez detener la respiración. Y pensar en algo. ¿En qué pensaría? Tampoco era una cuestión secundaria. Al fin y al cabo sería lo último que pensaría en su vida.

“Pensaré en Javi”, se dijo. Sí, desde luego era una buena idea. Hasta podría sonar romántico. “Un segundo antes de estrellarse aún debía de pensar en su hijo”. Le recordarían así, sería bonito. Alguien lo diría en su funeral, todos pondrían una cara seria y afligida, fingirían tristeza y, luego, se irían a casa. A los cinco minutos le habrían olvidado.

Era una de las pocas razones por las que se alegraba de estar ahí arriba. La falsedad. O más bien el formalismo. Toda esa gente que cada día te pregunta cómo estás y, acto seguido, ha dejado de preocuparse por tu existencia. Él estaba a punto de lanzarse desde la cima de un edificio de ocho plantas. A saber si a alguien le preocuparía.

No podía negar que estaba algo nervioso. Tenía la frente sudada y el maquillaje blanco se le estaba derritiendo por toda la cara. Más que una larga sonrisa roja su boca parecía ahora uno de esos cuadros abstractos llenos de manchas que, se llamen como se llamen, tan solo transmiten depresión. Desde luego que si le hubiese visto un niño en ese momento más que reírse habría salido corriendo en busca de su mamá.

Los niños. Qué maravilla. Era justamente una de las razones por las que había empezado. El ruido de las risas de los niños. En las noches en las que el circo colgaba el cartel de aforo completo había llegado a tener a 2.000 o 3.000 pequeños mirándole y estallando en carcajadas en cuanto se caía o lucía su mueca más ensayada. Ese sonido le hacía sentir tan vivo….

Ahora difícilmente podría haber dicho lo mismo. Entre su vida y el final de todo tan solo había un paso. Tenía que ser fácil. Venga, vamos. Pero no lo era. “Si por la razón que sea vuelvo, voy a escribir un manual para suicidas”, pensó.

Y eso que los pasos previos habían sido relativamente rápidos. Había recuperado su antiguo disfraz y su maquillaje. Se había gastado los 20 euros que le quedaban en dos botellas de whisky y las había vaciado neuróticamente, hasta la última gota. Luego un paseito, unos escalones, la azotea. Se había subido al borde y, de repente, se había inmovilizado.

Eso de que en el momento justo antes toda tu vida vuelve a pasar ante tus ojos era jodidamente cierto. En su caso tampoco es que fuera una gran película. Era más bien un oscar al fracaso. Y eso que había llegado a tenerlo todo. Éxito, público, dinero, una esposa fantástica y un hijo maravilloso. Varias veces había pensado que, por fin, todo encajaba. Se despertaba feliz, se duchaba feliz, se preparaba feliz y salía al escenario con una fuerza como para comerse al mundo. Y, en efecto, se lo comía.

Cuando, una hora después (el director del circo había ido alargando su show a medida que su triunfo se hacía indiscutible), se daba la vuelta y desaparecía tras el telón, a sus espaldas dejaba el delirio. “El mejor payaso en años”, le habían definido una vez en los periódicos. Para qué hacerse el modesto: era verdad.

“Piensa en Javi”, volvió a centrarse. Hacía seis años que no veía a su hijo. Seis años y 21 días para ser exactos. Desde el día en que el bebé y su madre le habían abandonado para siempre. ¿O era él quién les había abandonado a ellos?

Se rascó la peluca verde que llevaba puesta. Si no hubiese sido por el contexto, podría haber parecido que estuviera listo para salir a dar un espectáculo. Lamentablemente, no era así. Era su noche, y lo tenía todo pensado. En la foto del periódico, al día siguiente, quería aparecer con el disfraz de cuando era un ganador. Aunque, bueno, con un vuelo de 60 metros tampoco sería muy fácil de reconocer. “A saber qué dirán”, reflexionó el payaso. Pensaba en su mujer y su hijo. A saber si por fin le perdonarían.

Pero, en el fondo, ¿tenían por qué hacerlo? Y él, ¿él se habría perdonado? De pie ante el abismo, a tan solo un paso del vacío, ¿realmente podía decir que se había perdonado?

“No lo hice aposta, no fue culpa mía”, pensó. Como mil veces, como mil noches. “No fue culpa mía”, gritó. “¡No fue culpa mía!”. Pero no había nadie para contestarle. Solo el ruido de la lluvia.

Vaya, había empezado a llover y ni se había dado cuenta. Tan perdido en su cabeza, ni siquiera había oído los truenos que habían llegado a anunciar una noche de diluvios. Como aquella noche. Por mucho que lo hubiese intentado, nunca había sabido quitársela de su cabeza. Ni analistas, ni psicofármacos, ni años entre rejas, ni nada. Su vida seguía parada allí.

Acababa de terminar el enésimo espectáculo. Había ido especialmente bien, tanto que el director había acudido a su camerino a felicitarle. “Una copa de vino, para celebrarlo”, le había dicho. Pero una copa se había convertido en tres botellas. Y cuando cogió el volante de su coche pensó que quizás debería quedarse y esperar. Quizás una cabezadita le sentaría bien. Aunque, al fin y al cabo, vivía a la vuelta de la esquina. Era el camino que hacía todos los días. ¿Qué podía pasar?

Recordaba haber arrancado el coche, recordaba la carretera, y cierta oscuridad. Recordaba los parpados pesados y un ruido, seco. Punto. Se había despertado en una cama de hospital. Y en el infierno.

“Dios, está lloviendo fuerte”, pensó. ¿Qué estaría haciendo Javi? Estaría en casa, con su madre. A esa hora ya habría cenado, se habría puesto el pijama y estaría viendo los dibujos animados en la tele. Seguro que estaría excitado. Solo faltaba una semana y habría cumplido ocho años. Qué curiosa y qué cruel la vida. Era justo la edad de aquel ruido seco. Era un niño. Un niño al que había atropellado. Y que se había muerto.

Se le cayó una lágrima.

Le llaman golpe de sueño, aunque por él podían llamarle como quisieran. Ya no importaba. El caso es que había cerrado los ojos, que el coche se había desviado y había cruzado a toda velocidad un paso de cebra. Todo se había acabado.

“Homicidio culposo”, había dicho el juez. Ocho años de cárcel. Adiós al circo, adiós a su familia, a su hijo, adiós al mundo tal y como lo conocía.

Aunque, al menos las primeras semanas, su mujer y su hijo habían ido a verle con cierta continuidad. Luego, cada vez menos. Al cabo de unos meses ya apenas iban. Hasta que el apenas fue nada.

“Ni siquiera hoy. Ni siquiera el día que vuelvo a la libertad”, le dijo a la lluvia.

“Libertad”, susurró. Y sonrió. ¿Para qué iba a querer libertad sin nadie para compartirla? ¿Era aquello libertad? La única libertad que tenía en ese momento era la de quitarse la vida.

“Vamos, un paso”. “Solo uno”. Tenía que ser fácil. Un solo, puñetero, paso. Cinco, seis segundos de vuelo como mucho, y la luz se apagaría. O podía saltar. Hasta se ahorraría un segundo de vuelo.

Sí, saltaría. Era más repentino. Más inmediato.

“Vale, ha llegado el momento”. ¿Algo le empujaba a quedarse? Así, de primeras, no se le ocurría nada. Lo cual era una buena respuesta. Sentía los latidos del corazón que aumentaban. Buena señal, al parecer hasta su cerebro se había hecho a la idea.

Un cierto temblor asaltó sus piernas. Sentía una mezcla de euforia y terror, alivio y nostalgia. Se acercaba el momento, por fin estaba preparado.

Cerró los ojos. Detuvo el respiro. Escuchó la lluvia. Y pensó en su hijo.


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sentimenti
24 febbraio 2012
Tormenta de memorias madrileñas

Hacía frío. Mucho frío. De hecho, el termometro rezaba "-6" y había nieve por todos lados. Así me acogió Madrid, el 9 de enero de 2010. Poco más de dos años después, me ha dado por repasar mentalmente todo lo que me ha ocurrido desde aquel día en el que fui a ver un par de pisos, el partido de la Roma y acabé cenando con la mia mamma en no sé que restaurante. He escrito lo que se me venía a la cabeza, instinctivamente, sin pararme a pensar. Que nadie se lo tome mal o se ofenda: no es más que una tormenta de memorias. Bueno, aquí va.

La casa de los fumados, las mañanas en la biblio y la historia de España. Las pruebas que salen fatal y la esperanza. La charla con Enrique justo después y Enrique que te escribe, cuando estás en Alemania, para decirte que han salido los resultados. Sí, eres el 32. Estás dentro.

32, como los pisos que ves, antes de acabar en la casa de los locos. El despertador a las 8 para conocer toda la actualidad antes de ir al master. Los breves en itañol y el miedo de no estar a la altura. El terror ante un micrófono y un acento demasiado gaditano. Llamar a Emergencias a las 6 de la madrugada por si ha pasado algo.

Las noches madrileñas, las fiestas madrileñas, la gente madrileña. El cuadernito con las palabras y los reportajes fotográficos. El viaje a Srebrenica para la radio y los apátridas y Bagno Vignoni, “casi publicables”. Las broncas, los cumplidos, los insultos, los halagos, los días de hundimiento y los de subidón. La comunicación imposible entre una andaluza y una brasileña. La escayola de la discordia y el dilema del cabeza de turco. Las entrevistas al fotógrafo cárceladicto.

El grupo B, el edp20. Todos los compañeros, todas las quedadas masteriles. Las revistas montadas en dos días tras un viaje a Oporto. El trololollo. Malviviendo, las ensaladas con cangrejos y los Ortega y Gasset. El EP¿qué? y el Viajero. Los mil placeres de Neil y el debut. Los amigos del Quijote en Facebook. El Van Gogh robado y el ministerio egipcio que no habla inglés.

La rubia mexicana. Guacala o como diablos se escribe, y un perfil conmovedor. El (¿ex?)fiestero extremeño. La Buena Vida y el desayuno en el bar con el periódico. Nuevo piso, nueva vida. El pianista turinés y la americanita de Sevilla. La horda y el cuadro de las aceitunas. La piscina de la Complu y los demás italianini, el melancólico de la Lazie y el amigo de Almunia.

El pueblo de los okupas y el pueblo sin nada. El pensador canario y los reportajes a dos manos. El economista vasco y los reportajes en media mañana. Las peleas y las borracheras. Los recuerdos que desaparecen. Los cierres, las reuniones de primera, los balbuceos y los rapapolvos. El campeón, el falso chino, el falso falso chino y, por qué no, las guapas.

Bruselas, los 15 caballeros del Voluntariado, el apapachable ecuatoriano y No te metas a mi Facebook. Las lágrimas, el final, la diáspora y un nuevo comienzo.

La mandona con escote y la nazi más amable del mundo. Imprescindibles. Sarita: gracias. Las charlas infinitas por Whatsapp.  Los Goya, los ojos de Elena Anaya, los taxis después de los Goya y Anonymous. Cuando la vida parece una serie. “Molestar” a la policía haciendo preguntas. Sentirte periodista y sentirte encantado.

Microteatro, microcultura. Bandas sonoras de videojuegos y demás marcianadas. Fusiladas firmadas y lo más leído. Puteros y machistas, cuando llama Monica Bellucci. Nuvole Bianche di Ludovico Einaudi. El leñoso Allen.

Ámsterdam, Londres, Brasil, Italia. Abrir la sección. El mensaje de tu ex profesor que dice estar orgullos de ti “como un padre”. Mauro Corona. La Toscana con Tate. Vivir con Tate. La alemanita y las reglas que se infringen. Todas y cada una de las fiestas de Andrés Mellado. Toda y cada una de las limpiezas del día siguiente. 

“Hay que aprovechar el momento”. Cuando aprovechas el momento. Fontanarrosa y Sabina. Roma, el Gianicolo y las cenas improvisadas. La toalla del porreta. La guía de Roma y los cuentos. Los sueños y la realidad.

Escribir. Los zapatos que le gustan a Jennifer Aniston y los artículos que Manuel Rivas ve “diferentes”. El maestro Yoda. Abrir el Hermes y tener una página por llenar. Sube un pepu, hazte eso a toda leche, ajusta la portadilla, si quieres eskupealo, móntate una fotogalería. Ir al Escorial a un acto que había empezado hacía horas. Descubrir en el taxi a dónde estás yendo exactamente.

Los intelectuales utopistas y gafapastas. La gallega moderna y el padre escocés. Granada. Sergio Dalma. Un sofá, una amiga, un llanto y un abrazo. El tiramisú. Tomato. Una soñadora valenciana. Matilde de Roald Dahl y la Operación Sonrisa. Un rugbista que no sabe vocalizar. Siete horas de autobús, 40 minutos en Sevilla, siete horas de autobús. Federico Luppi, las tapas de Logroño y la vecina peleona de Logroño. El piso de los genios y el genio original. Los feriantes y su racha. La carretera de McCarthy. 

Las quejas, la rabia, los días agotadores y la frustración. Y el hecho de que al día siguiente desaparezcan. El mercado de San Antón y un amigo que siempre está (salvo que no se vaya a Venezuela). Los petit comités y los gigantescos comités.

Más lagrimas, un nuevo final, una nueva diáspora. Un tercer comienzo. El cine, Moccia, Roma Criminal y Mecano. Nochevieja con la fiebre. Los milagros. Un artículo “perfecto” y los simposios de biofísica. Booooo y los cruceros.

La sonrisa cuando te levantas. 

El escalofrío al dejar de teclear y volver a leer.




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letteratura
15 novembre 2011
Esa casa justo al final del libro

Al viejo dormir le encantaba. Podía pasarse perfectamente una semana durmiendo 12 horas al día. De hecho, a menudo lo hacía. “¡Que os jodan!”, pensaba siempre que salia el típico listillo en la tele o en el periódico explicando que no, que no es recomendable dormir más de ocho horas, que daña el corazón, etc. Etc. “Tengo 90 tacos y estoy mejor que tú”, era la frase con la que el viejo solía cerrar el debate con su interlocutor imaginario.

Más todavía le gustaba despertarse y quedarse en la cama. Se ponía el edredón hasta los ojos y se quedaba así, mirando fijo al techo durante al menos media hora, hasta que el aburrimiento no le pedía hacer algo. La putada era que no había mucho que hacer.

Se preparaba un café, se sentaba en su sillón y leía un libro, cada día el mismo libro, que ya se sabía de memoria, hasta la hora de comer. Ni siquiera llegaba a subir las persianas. “Sería una tentación”, se decía.

Luego, se preparaba una ensalada. A fuerza de comer lechuga se había vuelto tan delgado que se les podían ver casi todos los huesos. Terminado de comer, veía la tele. La encendía sobre las tres, o más bien cuando pensaba que eran las tres ya que su casa no tenía reloj, y se tumbaba en el sofá. Las charlas inútiles de unos comentaristas de la nada le adormecían y así transcurría la tarde. Al despertarse, abría el cajón que tenía en el salón y sacaba su álbum de fotos. Lo abría y empezaba a pasar página despacio, para que el placer de la espera durara más. Siempre se paraba en la misma página, donde estaba esa foto de las colinas amarillas, llenas de girasoles, de dos o tres pájaros en el cielo y de su pueblo, que se entreveía al fondo. Si te fijabas bien hasta podías distinguir la casa del viejo. La miraba durante horas. Era la última vez que había visto el mundo fuera.

Llevaba 50 años encerrado en aquella casa, desde que un epidemia se había cargado a cuatro chinos, a dos australianos y a no sabía cuántos peruanos y las autoridades habían recomendado quedarse en casa, por si acaso. Los demás lo habían hecho durante unos días. El viejo no, él toda la vida. “Estás loco”, le habían repetido una y mil veces sus amigos. “Sal, papá”, le había insistido su hijo. Pero nada. “Sabio”, se definía él, “precavido”. “Ya verán  cómo tenía razón”. Su único contacto con el mundo exterior era la bolsa llena de ensalada y paquetes de café que su vecina dejaba cada tarde ante su puerta cuando volvía de las compras.

Así que ese día el viejo se despertó y se pasó media hora mirando el techo. Luego se levantó y se fue a prepararse el café. Debía de estar adormecido, porque al coger la cafetera, se le cayó. Al impactar contra el pavimento, ya  fuera por el óxido que ya casi la había devorado o simplemente solo por su edad, la máquina se partió. “¡Coño!”, exclamó el viejo. 50 años y por primera vez se quedaría sin desayuno.

No pasaba nada. Se fue al sillón, cogió el libro y empezó a leer. Casi podía recitarlo, de tanto leerlo, ni que fuera un poema. Luego se preparó su ensalada, comió y echo la siesta ante la tele. Ese día hablaban de qué hacer para descubrir si tu marido te pone los cuernos. Hacía siglos que ya no era marido, así que quedarse dormido le costó menos de lo habitual.

Se despertó, se levantó y abrió el cajón. Sacó el libro y empezó a deshojarlo. Una foto tras otra, hasta llegar a su favorita. Allí estaban, una vez más, las colinas llenas de girasoles.

Había hecho ese gesto millones de veces pero ese día algo debió de hacer mal. Tal vez agarró la página con demasiada fuerza, tal vez no prestó la suficiente atención, pero el caso es que acabó arrancando la página. Los girasoles se quedaron en su mano, mientras el pueblo, en el rincón derecho de la foto, seguía pegado al libro.

Por un momento, se quedó inmóvil. Miró la media página en su mano y miró el libro. Da igual, intentó decirse. Pero algo le decía que no era así. Se había pasado una vida mirando esa foto y recordando aquellos tiempos en los que su obsesión aún no le había lavado el cerebro. Y ahora, de repente, esa imagen ya no estaba. ¿Y qué haría? ¿Qué demonios haría todas las tardes a partir de entonces? No, no podía ser.

Fue un pensamiento repentino, dicen que las locuras nacen así. “Hay que volver a sacar esa foto”, pensó el viejo. Y enseguida se fijó en la magnitud de la locura que acababa de concebir. ¿Él, delgado como un palillo, se iría al mundo fuera, desafiando la epidemia, para hacer una maldita foto? ¡Por favor! “¡Llevas 50 putos años sin salir, déjate de tonterías!”. Hasta sonrió. Pero sabía que no le quedaba otra.

En el fondo no sería tan complicado, intentó decirse. Te cubres bien, sales, caminas cinco minutos, sacas la foto, vuelves. Pensó en cuando en las películas los ladrones hacen los briefings antes del robo. Todo acaba saliendo bien, según el plan. ¿Por qué a él no podía pasarle? Sí, todo saldría bien.

Así que fue al armario, que llevaba años sin abrir. Se quitó el pijama y cogió los tres abrigos que tenía. Se los puso uno encima del otro, tanto que parecía un espantapájaros gordo. Bufanda, guantes, pantalones de lana y botas. El calor de las prendas se alternaba con los escalofríos que le provocaba el miedo. Se levantó del sofá y fue hasta su cuarto. Sabía que por algún lado tenía una antigua cámara fotográfica y la memoría no le falló: a los cinco minutos ya la había encontrado. Se sentó un segundo en la cama, tomando aire y valor antes de la hazaña.

Y de repente se sintió cansado. Tal vez el café que no había tomado, tal vez la rabia o quién sabe qué, pero estaba cansado. “Me quedo un rato más, justo cinco minutos para recargar las pilas”, pensó. En el fondo, nunca han hecho daño a nadie, se dijo. Se tumbó en la cama. Miró un buen rato el techo y, luego, cerró los ojos.

No volvió a abrirlos. En su entierro el hijo explicaba que no había sufrido, que había muerto de vejez. En su lápida pusieron su nombre y la foto. Si te fijas bien, al fondo se ve su casa, esa de la que un día estuvo a punto de salir.

“De la que un día estuvo a punto de salir”, leyó el viejo en voz alta. Y cerró el libro. Había leído ese cuento miles de veces pero ese final siempre le daba escalofríos. “Es hora de hacerme una ensalada”, pensó.




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DIARI
12 novembre 2011
El tipo que me odiaba
Una exnovia mía solía decirme que tenía una enfermedad: la que tener que caerle bien a la gente. La verdad es que me conocía bastante y en el fondo tenía razón. Siempre que conocía a alguien, ya fuera hombre o mujer, intentaba ser simpático, hacer que estuviera cómodo, dejarle un buen recuerdo y demás. Lo cual tampoco sería un defecto si no se convirtiera en la obsesión de no resultarle indiferente a la gente.
Creo que todavía tengo secuelas, pero seguramente estoy mucho menos enfermo que hace años. Y se lo debo sobre todo a un tipo que conocí en Sevilla. Tampoco es que le conociera, en realidad. Nos presentaron algún día, en alguna fiesta e intercambiaríamos dos palabras. De hecho, no recuerdo muy bien su cara ni le reconocería si me lo encontrara por la calle. Sea como sea, ese día mi enfermedad debía de estar adormecida si es que a las pocas semanas un amigo me contó que el tío me odiaba. Odiaba. Nunca nadie me había odiado, ni mucho menos tras hablar conmigo solo cinco segundos. Pero ese sí. "Se lo ha dicho a una amiga suya que me lo ha contado a mí", recuerdo que me dijo mi amigo. Me quedé sorprendido aunque acabé olvidándome del asunto. No volví a oir nada de él, hasta que organicé una fiesta en un barco por el Guadalqüivir. Fueron 500 personas y, entre ellas, mi odiador.
Pasó la noche, transcurrió la fiesta y justo cuando estábamos volviendo al muelle el tipo viene y me suelta, con cierta rabia: "¿Te habrás forrado eh?". Yo le contesté que no, que habíamos vendido pocas copas y el bar había ido mal (lo cual fue cierto, me hice con 200 euros por un trabajo de organización de tres semanas...), pero él no se lo podía (¿quería?) creer. "No me jodas, habrás ganado al menos 2000 pavos", insistía. En un momento dado me cansé, le di la razón y me fui.
Fue la última vez que le vi, pero ese día acepté que la gente podía odiarme y que tampoco pasaba nada por caerle mal a unos cuantos. Y empecé a curarme. Así que, aunque te lo diga con cierto retraso, gracias, tipo que me odiaba.
DIARI
10 novembre 2011
Delirium poético

Si es que Madrid es así. Sales un miércoles sin sentido de una semana sin sentido y te encuentras con el surrealismo. Una semana de espera, de esas que cuanto antes pasen, mejor. Un bar de poesía, un amigo venido de lejos y deseoso de alcohol y charla y una loca que no se corta ni un pelo. Todo empieza con una tapa, un chorizo y unas charlas sobre el periodismo. Y termina con un ron y hielo en la cocina de tu casa, hablando de amor y traiciones. Surrealismo. Marina come lentejas en un vaso de carta de esos tipo Starbucks y compone poesías. Las vende en el bar Bukowski, pero antes te las lee. La ves, así de gorda, así de improbable, con un gorro improbable y una pinta impensable, salvo en una novela, pero luego cambia de voz, como si la única chispa de su existencia fuera leerte sus versos. Son las 4, mañana hay trabajo, hay entrevistas. Mañana es un gran día, o quizás no. Pobre Eduardo, a saber dónde estará ahora. Eduardo es un tipo con el típico pelo ese de los años 50, más antiguo que la hostia, y una barriga entre lo peculiar y lo increíble. Nos lo encontramos en el bar, y la loca empezó a humillarle. “De dónde has sacado esa barriga?”, le preguntaba. Y el pobre, allí, sin saber reaccionar. Como si el solo hecho de que una mujer hablara con él le hiciera ilusión. Si es que las mujeres son tan bonitas. Tanto que merece la pena esperarlas. Y mucho. Cállate. Ay, Madrid.  




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DIARI
4 novembre 2011
Libertad sin luz
Nos han cortado la luz. Es lo que tiene no pagar. Tal vez haya sido una reacción un tanto desproporcionada, visto que solo le debíamos a Iberdrola 46,16 euros. Pero el caso es que estamos sin luz.

Parece una tontería pero el mundo (o más bien mi día, tampoco nos pasemos) cambia. Quería conectarme a Internet, pero el router estaba apagado y el móvil también, así que fui a comprarme el periódico y me lo leí. Quería ver una peli, pero el ordenador ya no tenía batería, así que me leí un libro. Quería jugar a la Xbox, pero, ya sabéis, sin electricidad era un pelín complejo, así que me puse a escribir. Quería escuchar música, pero no había manera, así que la hice yo, con mi guitarra. Quería prepararme un café, pero acabé ordenando mi cuarto. Quería comer algo, pero cualquier algo necesita ser calentado, así que decidí cuidarme e ir al bar. Y luego quería seguir leyendo pero estaba todo oscuro y me fui a correr. Volví, fui a por una hamburguesa y me la comí en casa, ante la luz de las velas. "Qué día más aprovechado", pensé.

Aunque, claro, para contaros todo esto tuve que esperar a que volviera la electricidad...



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DIARI
30 ottobre 2011
De SEO y diamantes
Al fin y al cabo, el mérito fue de Google. Y de lo bien que se le da a la gente de la escuela eso del SEO. Normal, teniendo en cuenta que hasta dan clases de ello. El caso es que en agosto de 2009 iba yo sin rumbo, con la estrella polar del periodismo pero sin saber cómo alcanzarla. Buscaba un master, pero lo buscaba de giornalismo. A veces me pregunto que habría sido de mí si me hubiese inscrito (de hecho, pagué la primera cuota) en ese master surrealista de periodismo internacional que encontré en Roma y que periodistas y soldados frecuentaban juntos. Para aprender el arte del amor y de la autocensura, supongo...en fin, igual hoy sería un sargento y tendría un uniforme muy molón...


A lo que voy, que un día de repente, tal vez un día de estos en los que echaba de menos Sevilla, me dio por buscar "master periodismo". Resulta que el primero es el de El País, resulta que hice las  pruebas y que entré.
Tampoco fue tan fácil. Primero, había que explicarles por qué un tipo de 23 años, que llevaba ocho meses hablando español y cuya mayor hazaña periodística había sido entrevistar a un concejal por el periodiquillo de la uni Meltin Pot, merecía una oportunidad. A saber qué vieron en la carta que mandé. Recuerdo que hablé de Berlusconi (¿cómo no iba a hacerlo?), de una Italia adormecida y de mi blog, cuando todavía pasaba por aqui con un ritmo decente. Recuerdo que me quedé contento con lo que escribí, se lo pasé a una amiga y...me lo tumbó sin piedad.
"Esta es una cosa seria, no puedes enviarles esto", destrozó mi autoestima. Y tenía razón, si es que la segunda versión, ampliamente editata por ella, coló. A lo mejor si hubiese mandado la primera, sería sargento y tendría un uniforme molón...
Fue la primera sorpresa, pero faltaba una maratón. De todos modos fui a Madrid, más que nada para ver cómo era e intentarlo el año siguiente. Fui unos días antes y me hospedaron unos amigos de una amiga, unos amables porretas que el domingo por la noche, cual familia, se reunían en el salón para el último capítulo de Sin tetas no hay paraíso.



Me despertaba, me iba al parque a leer el periódico y por la tarde en una biblioteca repasaba la actualidad, además de historia y leyes de España. Había estudiado las estadísticas: a lo largo de la historia el 10% había sido extranjero. Es decir, entraríamos tres sobre 37: allí tenía mis enemigos. Esperaba, por otro lado, que lo de ser extranjero fuera una ventaja, un punto especial a favor. Sí, hasta que llegué a la prueba de inglés, la primera, y vi que en la lista ya solo los italianos éramos 12 (¡!). Adiós esperanza. Aunque cuando realmente supé que nunca entraría fue tras la prueba de actualidad. 60 preguntas, una quincena de respuestas en blanco. Una quinta parte. "Bueno", pensé, "los extranjeros no sabemos mucho de España....". Lo pensé durante el tiempo suficiente para salir de la sala y hablar con otro italiano que había contestado a todas y cada una de las preguntas. "Jódete", pensé. Pronto descubriría que Fabri es un grande.
Tengo entendido que entran en el master dos categorias de personas: la primera son los que saben un huevo. De allí me autoexcluyo: ni puta idea de actualidad, una entrevista regular, una pieza sobre el Gürtel de la que no quiero ni saber qué dirían, y, al final del todo, el 32 puesto.
Y luego están, según la definición de la directora, los diamantes en bruto. Tal vez exista una tercera categoría: los que entraron porque se apuntó poca gente, el nivel era especialmente bajo, algunos renunciaron, los planetas se alinearon, etc...Pero, bueno, diamante en bruto suena mejor, ¿no?

DIARI
21 ottobre 2011
(D)escribir los 26

Aquí estoy. 26 años desde hace 5 minutos. Frío, 1 banco cutre en un parque cutre del barrio y este cuaderno que me da miedo llenar. Cuantas sorpresas para ser 26enne desde hace tan poco. Primero, estoy escribiendo y no me preocupo por cómo queda o por si está bien y se podrá publicar por algún lado o en algún blog [bueno, sí, lo acabo de hacer]. Segundo, tengo 26 años, llevo 3 aquí y estoy escribiendo mis pensamientos en español, como si fuera la forma más natural, como si no hubiese otra forma. Lo pienso en español y aquí lo traslado.

Y tercera sorpresa, tal vez la más sorprendente y también por eso la mejor: un mensaje, a las 00.00. Ni un segundo más ni uno menos. El primero. El de quien quiso ser el/la primero/a. Sales a la calle, hace frío, el iPhone intenta deprimirte con How to save a life. Pero no, sonríes.

En el fondo, es coherente. Sonríes casi siempre, y casi siempre dices que hay que hacerlo. Bueno, tampoco es que haya que. Yo sonrío, punto. ¿Habrá razones? ¿Si? ¿No?

Otro mensaje, lejano. La constante de ser viajero. Llegas, conoces, das, recibes, quieres y….despides. Hay veces que sientes que toda la gente a la que quieres está a miles de kilómetros. ¿Y tú qué haces allí? ¿Por qué no los ves, vuelves? Otros están cerca, a metros, o más bien paradas del metro. Y aún así enormemente distantes, a la vez. O no. Sonríes.

“La gente é matta”, canta Elisa. Boh. Quizás tenga razón. Quizás sea una locura cumplir 26 años, coger 1 cuaderno, salir de casa, buscar 1 parque y vomitar tu delirio. ¿Pero qué más da? Nunca lo he hecho, a lo mejor no volveré a hacerlo. Pero es mi cumpleaños y hago lo que quiero. ¿Te acuerdas de aquel cumple en el que escribías en un parque frío? Si, me acuerdo. Recuerdo que sonreía.




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letteratura
22 agosto 2010
El Quijote quiere ser tu amigo en Facebook
http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/Quijote/quiere/ser/amigo/Facebook/elpten/20100822elpepirdv_4/Tes
Varios personajes de novelas y series televisivas hablan con sus miles de aficionados a través de las redes sociales
cinema
13 agosto 2010
Psicoterapia con Darth Vader
http://blogs.elpais.com/pop-etc/2010/08/psicoterapia-con-darth-vader.html#more
El estudio de un psiquiatra francés sostiene que Anakin Skywalker padecía un trastorno de la personalidad.

televisione
13 agosto 2010
Un trozo de 'Lost' en casa
http://www.elpais.com/articulo/paginas/trozo/Perdidos/casa/elppor/20100812elptenpag_1/Tes
Una compañía estadounidense subasta más de 1.000 objetos de las seis temporadas de Lost, desde el anillo de Charlie hasta la furgoneta de la Dharma Iniciative.

arte
12 agosto 2010
El nazi de Mickey Mouse
http://www.elpais.com/articulo/cultura/nazi/Mickey/Mouse/elpepucul/20100810elpepucul_6/Tes 
Entrevista con el artista italiano Max Papeschi, que une en sus cuadros a símbolos de Disney o de los Simpson con escenarios apocalípticos para criticar la globalización.


località
12 agosto 2010
Discos sagradas y otras locuras veraniegas
http://blogs.elpais.com/pop-etc/2010/08/discotecas-sagradas-y-otras-locuras-veraniegas.html
Seis de los sitios más curiosos adonde irse de fiesta este verano

televisione
8 agosto 2010
Las series de fabricación casera agitan la web
http://www.elpais.com/articulo/gente/series/fabricacion/casera/agitan/web/elpepugen/20100806elpepuage_4/Tes
Con Miguel Pérez y Elena Horrillo, explicamos la situación actual de los productores de series web. Millones de visitas y falta de financiación. Los autores de Malviviendo, la Niña Repelente, la Trilogia Sevillana, Qué vida más triste, Cálico Electrónico etc. buscan maneras de sacar adelante su s productos.

cinema
2 agosto 2010
"Sin subvenciones, series y cortos en Internet desaparecerán"
Entrevista con Alfonso Sánchez, actor, director y productor de los cortometrajes Esto ya no es lo que era, Eso es así y Aquello era otra cosa de la productora Mundo Ficción.
http://www.elpais.com/articulo/paginas/subvenciones/series/cortos/Internet/desapareceran/elppor/20100802elptenpag_1/Tes

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