No podía ser tan complicado. Un paso, un metro. Incluso podría cerrar los ojos. Tal vez detener la respiración. Y pensar en algo. ¿En qué pensaría? Tampoco era una cuestión secundaria. Al fin y al cabo sería lo último que pensaría en su vida.
“Pensaré en Javi”, se dijo. Sí, desde luego era una buena idea. Hasta podría sonar romántico. “Un segundo antes de estrellarse aún debía de pensar en su hijo”. Le recordarían así, sería bonito. Alguien lo diría en su funeral, todos pondrían una cara seria y afligida, fingirían tristeza y, luego, se irían a casa. A los cinco minutos le habrían olvidado.
Era una de las pocas razones por las que se alegraba de estar ahí arriba. La falsedad. O más bien el formalismo. Toda esa gente que cada día te pregunta cómo estás y, acto seguido, ha dejado de preocuparse por tu existencia. Él estaba a punto de lanzarse desde la cima de un edificio de ocho plantas. A saber si a alguien le preocuparía.
No podía negar que estaba algo nervioso. Tenía la frente sudada y el maquillaje blanco se le estaba derritiendo por toda la cara. Más que una larga sonrisa roja su boca parecía ahora uno de esos cuadros abstractos llenos de manchas que, se llamen como se llamen, tan solo transmiten depresión. Desde luego que si le hubiese visto un niño en ese momento más que reírse habría salido corriendo en busca de su mamá.
Los niños. Qué maravilla. Era justamente una de las razones por las que había empezado. El ruido de las risas de los niños. En las noches en las que el circo colgaba el cartel de aforo completo había llegado a tener a 2.000 o 3.000 pequeños mirándole y estallando en carcajadas en cuanto se caía o lucía su mueca más ensayada. Ese sonido le hacía sentir tan vivo….
Ahora difícilmente podría haber dicho lo mismo. Entre su vida y el final de todo tan solo había un paso. Tenía que ser fácil. Venga, vamos. Pero no lo era. “Si por la razón que sea vuelvo, voy a escribir un manual para suicidas”, pensó.
Y eso que los pasos previos habían sido relativamente rápidos. Había recuperado su antiguo disfraz y su maquillaje. Se había gastado los 20 euros que le quedaban en dos botellas de whisky y las había vaciado neuróticamente, hasta la última gota. Luego un paseito, unos escalones, la azotea. Se había subido al borde y, de repente, se había inmovilizado.
Eso de que en el momento justo antes toda tu vida vuelve a pasar ante tus ojos era jodidamente cierto. En su caso tampoco es que fuera una gran película. Era más bien un oscar al fracaso. Y eso que había llegado a tenerlo todo. Éxito, público, dinero, una esposa fantástica y un hijo maravilloso. Varias veces había pensado que, por fin, todo encajaba. Se despertaba feliz, se duchaba feliz, se preparaba feliz y salía al escenario con una fuerza como para comerse al mundo. Y, en efecto, se lo comía.
Cuando, una hora después (el director del circo había ido alargando su show a medida que su triunfo se hacía indiscutible), se daba la vuelta y desaparecía tras el telón, a sus espaldas dejaba el delirio. “El mejor payaso en años”, le habían definido una vez en los periódicos. Para qué hacerse el modesto: era verdad.
“Piensa en Javi”, volvió a centrarse. Hacía seis años que no veía a su hijo. Seis años y 21 días para ser exactos. Desde el día en que el bebé y su madre le habían abandonado para siempre. ¿O era él quién les había abandonado a ellos?
Se rascó la peluca verde que llevaba puesta. Si no hubiese sido por el contexto, podría haber parecido que estuviera listo para salir a dar un espectáculo. Lamentablemente, no era así. Era su noche, y lo tenía todo pensado. En la foto del periódico, al día siguiente, quería aparecer con el disfraz de cuando era un ganador. Aunque, bueno, con un vuelo de 60 metros tampoco sería muy fácil de reconocer. “A saber qué dirán”, reflexionó el payaso. Pensaba en su mujer y su hijo. A saber si por fin le perdonarían.
Pero, en el fondo, ¿tenían por qué hacerlo? Y él, ¿él se habría perdonado? De pie ante el abismo, a tan solo un paso del vacío, ¿realmente podía decir que se había perdonado?
“No lo hice aposta, no fue culpa mía”, pensó. Como mil veces, como mil noches. “No fue culpa mía”, gritó. “¡No fue culpa mía!”. Pero no había nadie para contestarle. Solo el ruido de la lluvia.
Vaya, había empezado a llover y ni se había dado cuenta. Tan perdido en su cabeza, ni siquiera había oído los truenos que habían llegado a anunciar una noche de diluvios. Como aquella noche. Por mucho que lo hubiese intentado, nunca había sabido quitársela de su cabeza. Ni analistas, ni psicofármacos, ni años entre rejas, ni nada. Su vida seguía parada allí.
Acababa de terminar el enésimo espectáculo. Había ido especialmente bien, tanto que el director había acudido a su camerino a felicitarle. “Una copa de vino, para celebrarlo”, le había dicho. Pero una copa se había convertido en tres botellas. Y cuando cogió el volante de su coche pensó que quizás debería quedarse y esperar. Quizás una cabezadita le sentaría bien. Aunque, al fin y al cabo, vivía a la vuelta de la esquina. Era el camino que hacía todos los días. ¿Qué podía pasar?
Recordaba haber arrancado el coche, recordaba la carretera, y cierta oscuridad. Recordaba los parpados pesados y un ruido, seco. Punto. Se había despertado en una cama de hospital. Y en el infierno.
“Dios, está lloviendo fuerte”, pensó. ¿Qué estaría haciendo Javi? Estaría en casa, con su madre. A esa hora ya habría cenado, se habría puesto el pijama y estaría viendo los dibujos animados en la tele. Seguro que estaría excitado. Solo faltaba una semana y habría cumplido ocho años. Qué curiosa y qué cruel la vida. Era justo la edad de aquel ruido seco. Era un niño. Un niño al que había atropellado. Y que se había muerto.
Se le cayó una lágrima.
Le llaman golpe de sueño, aunque por él podían llamarle como quisieran. Ya no importaba. El caso es que había cerrado los ojos, que el coche se había desviado y había cruzado a toda velocidad un paso de cebra. Todo se había acabado.
“Homicidio culposo”, había dicho el juez. Ocho años de cárcel. Adiós al circo, adiós a su familia, a su hijo, adiós al mundo tal y como lo conocía.
Aunque, al menos las primeras semanas, su mujer y su hijo habían ido a verle con cierta continuidad. Luego, cada vez menos. Al cabo de unos meses ya apenas iban. Hasta que el apenas fue nada.
“Ni siquiera hoy. Ni siquiera el día que vuelvo a la libertad”, le dijo a la lluvia.
“Libertad”, susurró. Y sonrió. ¿Para qué iba a querer libertad sin nadie para compartirla? ¿Era aquello libertad? La única libertad que tenía en ese momento era la de quitarse la vida.
“Vamos, un paso”. “Solo uno”. Tenía que ser fácil. Un solo, puñetero, paso. Cinco, seis segundos de vuelo como mucho, y la luz se apagaría. O podía saltar. Hasta se ahorraría un segundo de vuelo.
Sí, saltaría. Era más repentino. Más inmediato.
“Vale, ha llegado el momento”. ¿Algo le empujaba a quedarse? Así, de primeras, no se le ocurría nada. Lo cual era una buena respuesta. Sentía los latidos del corazón que aumentaban. Buena señal, al parecer hasta su cerebro se había hecho a la idea.
Un cierto temblor asaltó sus piernas. Sentía una mezcla de euforia y terror, alivio y nostalgia. Se acercaba el momento, por fin estaba preparado.
Cerró los ojos. Detuvo el respiro. Escuchó la lluvia. Y pensó en su hijo.